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Terremoto en Bolivia de 1994 reveló una cadena montañosa subterránea

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Éxito Noticias, 19 de febrero 2019.- Los geofísicos Jessica Irving y Wenbo Wu, de la Universidad de Princeton, en colaboración con Sidao Ni, del Instituto de Geodesia y Geofísica de China, lograron localizar una nueva capa a 660 kilómetros de profundidad. Se trata de una cadena montañosa que se encuentra entre el manto superior e inferior. Los datos se obtuvieron a partir de las ondas captadas tras un terremoto de magnitud 8,2 que sacudió Bolivia en 1994.

Los investigadores utilizaron el grupo de supercomputadoras Tiger para simular el comportamiento de las ondas sísmicas en las profundidades de la Tierra. Los geólogos se quedaron sorprendidos al toparse con una rugosidad imprevista.

Según los científicos, las capas profundas son igual de complejas y variables que la superficie.

La nueva «capa» se encuentra, además, justo en el límite que separa el manto superior del inferior. Hasta ahora, y a falta de un nombre mejor, los científicos simplemente lo han llamado «el límite de 660 kilómetros».

Para poder observar lo que sucede a tanta profundidad, los investigadores utilizaron las ondas más potentes que existen en nuestro planeta, las ondas sísmicas que generan los terremotos masivos. En palabras de Jessica Irving, «si quieres sacudir todo el planeta, necesitas un terremoto grande y profundo».

La energía generada por un terremoto aumenta 30 veces por cada escalón que subimos en la escala de Richter. Y los terremotos más profundos, continúa Irving, «en lugar de desperdiciar toda esa energía en la corteza, pueden hacer que todo el manto siga funcionando».

«Viaje» a las profundidades

Según la investigadora, la mejor información se obtiene de los terremotos de magnitud 7 o superior, ya que las ondas de choque que lanzan en todas direcciones pueden incluso atravesar el núcleo terrestre y llegar hasta el otro lado del planeta. Para este estudio en concreto, los datos clave se obtuvieron de las ondas captadas después de un terremoto de magnitud 8,2, el segundo más potente jamás registrado, que sacudió a Bolivia en 1994.

«Los terremotos tan grandes no aparecen muy a menudo -dice Irving-. y ahora tenemos la suerte de tener muchos más sismógrafos que hace 20 años. Entre esos instrumentos y los recursos computacionales, la sismología es hoy un campo totalmente diferente a como era hace dos décadas». En este caso concreto, los investigadores utilizaron el grupo de supercomputadoras Tiger de la Universidad de Princeton para simular el complejo comportamiento de las ondas sísmicas dispersas en las profundidades de la Tierra.

La tecnología aplicada para este análisis depende casi por completo de una única propiedad de las ondas: su capacidad para doblarse y rebotar. Así, del mismo modo en que las ondas de luz pueden rebotar (reflejarse) en un espejo o doblarse (refractarse) cuando pasan a través de un prisma, las ondas sísmicas viajan directamente a través de rocas homogéneas, pero se reflejan o refractan cuando se encuentran con algún límite o rugosidad.

«Sabemos que casi todos los objetos tienen asperezas en la superficie y, por lo tanto, dispersan la luz -afirma por su parte Wenbo Wu, autor principal del artículo-. Y esa es la razón por la que podemos ver esos objetos: las ondas de dispersión llevan la información sobre la rugosidad con la que han interactuado. En este estudio, investigamos ondas sísmicas dispersas que viajan dentro de la Tierra para estudiar la rugosidad del límite de 660 kilómetros».

Terremoto en Bolivia de 1994 reveló una cadena montañosa subterránea
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